Gustave Flaubert
The Fantastic Flying Books of Mr. Morris Lessmore from Moonbot Studios on Vimeo.
El jueves fuimos al concierto “Tocando Madera la gira”. En realidad fui porque me gustan las iniciativas de los panameños que se tiran contra los pronósticos y contra los paradigmas y creen en lo que hacen. No estaba seguro sobre lo que iba a encontrar en el concierto pero decidí ir para no caer en ese constante quejismo de: “No hay nada bueno en Panamá cuando se habla de música” o “Aquí solo los reguetoneros son artistas” | Jolie y Ophy |
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| Mariqui, Hannah, y Ariel |
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| Basílica del Voto Nacional |
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| Hasta la vuelta, Señor |
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| Mariqui, Pepe, Hannah y Ariel |
Subimos a la torre principal de la Basílica del Voto Nacional del cual se tiene una fantástica vista de la ciudad y las montañas que la rodean. Algo curioso de la Basílica son las gárgolas que en vez de ser gárgolas tradicionales son reptiles y animales de las islas Galápagos. Pasamos por la Catedral Metropolitana que quedaba en la misma plaza de la Presidencia ![]() |
| Helado de paila |
Sería interesante inspirarnos, en ese día de lluvia, en tantas anécdotas que escuchamos sobre ese tema en común en algunos hogares, y comenzar alguna campaña casera para los más tiernos de la casa. Nombrarla de algún modo, para crear más inspiración en ellos. “No dejes que te roben la niñez”, por ejemplo; hacer un cartel y pegarlo en la puerta de su habitación, aunque después nosotros mismos protestemos que el pegamento dañó la pintura de la puerta.
“…hablamos en exceso, con demasiada ligereza, volvemos público lo que es privado, convertimos en clichés de falsa certeza lo que era provisional, interino, y por consiguiente vivo en el hemisferio oscuro de la palabra… En el chorro abundante de la producción actual, ¿cuándo se convierten las palabras en palabra? ¿Y dónde está el silencio necesario para escuchar esa metamorfosis?”Hoy es mi día para hacer silencio y esperar que mis palabras se conviertan en palabra. Por eso les dejo con un poema de Ángel González un poeta que disfrutamos y creo que hoy expresa muy bien lo que siento, tal vez ese “porvenir” son las ideas o inspiración que busco pero no encuentro.
Es extraordinario lo potente que es la mala música. Noel Coward

Quien haya viajado en autobús por la ciudad (o hacía la ciudad) de Panamá, sabe que el mote de “diablos rojos” no es en vano, ni una exageración. El clima de Panamá tan famoso por su inconsecuencia ayuda a la percepción de viajar en pequeñas “calderas infernales”.
El sol puede subir las temperaturas a niveles exagerados. Por suerte la brisa que entra con fuerza por las ventanas ayuda a sobrellevar el calor y la modorra que este conlleva. Algunas veces, sin embargo, llueve y entonces hay que cerrar ventanas y rogar a Dios porque los olores de personas cocinándose a fuego lento, la terrible humedad y el aire que empieza a viciarse, no nos cause un desmayo. Hay que rogar además, por si acaso, que las ruedas del bus aguanten.
Es terrible, ya lo sé, pero ¿qué se le va a hacer? Es la forma que uno tiene para moverse. Es cierto que es una vergüenza para un país como Panamá tener este ridículo sistema de transporte pero es lo que tenemos y mientras llega “el cambio” aprovechamos.
De modo que no escribo esto para quejarme del calor, o del mal estado de los buses, ni siquiera voy a quejarme de los tranques interminables. En cambio quiero quejarme un poco, porque soy así, de los pasajeros que día a día se desplazan utilizando estos medios de transporte.
Puedo quejarme de varias cosas: la basura que arrojan por la ventana o los asientos del bus rayados y rotos -¿qué no pueden llevar un libro para leer mientras viajan?- sin embargo tampoco voy a tocar esos temas. Hoy voy a quejarme específicamente de los celulares.
Ese aparatito del infierno ya hacía suficiente mal interrumpiendo conversaciones importantes o sirviendo como excusa para los maleducados. Entonces a algún ser maléfico se le ocurrió la genial idea de ponerle altoparlantes y música y allá van. Uno puede subirse en un autobús e ir escuchando un remix de regueton, bachata, salsa o cuanta locura se pueda imaginar. Me imagino que el altoparlante debe tener una que otra aplicación práctica sin embargo para mi, y estoy seguro que para varias personas más, se ha convertido en una molestia extra de viajar en autobús.
¿Soy intolerante? No lo creo, cada uno tiene derecho a escuchar la música que le venga en gana así como yo tengo derecho de pensar que no se puede estar muy bien de la mollera si se escucha cierto tipo de letras y melodías. Es más no tengo absolutamente nada en contra de que se coloquen sus audífonos y se intoxiquen hasta la saciedad. Pero lo que no tolero es que me obliguen a mí también a escuchar sus canciones, que todo el bus tenga que enterarse que ellos son los más “cool” porque escuchan al cantante del momento.
Cuando empecé a escribir esta entrada, hace algunos días, pensaba en que era posible que esta moda de usar la ropa apretada cortaba la circulación de la sangre y probablemente los jóvenes no podían pensar bien pues no les llegaba suficiente oxigeno al cerebro así que, vamos, estaban casi justificados. Sin embargo ayer me topé con un señor que bien podía ser mi padre o el padre de mi padre, con su celular y la bendita musiquita dale que te dale. ¡No hay derecho!
Pensaba en soluciones. Pensaba en que debería prohibirse ir con esos altoparlantes por allí. ¿se imaginan ustedes la reacción? ¡No hay derecho! ¡Intolerancia! ¡Tenemos derecho a escuchar la música que queramos! (¿cómo no? También tienen derecho a hacernos el viaje más miserable a todos los que no compartimos su selecto gusto musical) En fin aquello de que el respeto al derecho ajeno es la paz ha perdido sus dimensiones, de pronto el derecho ajeno incluye el fastidiarnos. No sé, No sé, solo quería desahogarme un rato, de todas maneras por más que me queje no van a cambiar las cosas. Más bien estoy pensando comprar un celular con “speakers” porque ¡me van a escuchar!
Los libros no se han hecho para servir de adorno: sin embargo, nada hay que embellezca tanto como ellos en el interior del hogar.Harriet Beecher Stowe
El último mes me ha tocado, por diversas razones, mudarme unas tres veces. Eso de empacar, guardar y limpiar sigue siendo igual de tedioso, lamentablemente eso de pegar gritos y escuchar el eco en la habitación vacía ha perdido mucha gracia, tanta que ya ni siquiera lo intento (pensándolo bien quizá sea yo el que ha perdido gracia).
Como sea, las constantes mudanzas han tenido sus dosis de aventura y la emoción de estar empezando una vida diferente. Sin embargo lo más emocionante ha sido el abrir cajas y cajas llenas de libros. Empezar a ordenarlos, pensar donde irían y que orden seguirían, encontrar libros que leí hace un buen tiempo y comentarle algo a Hannah al respecto, encontrar libros que aun no he leído, pasar sus páginas de prisa e imaginar las de cosas que tienen por contarme, las de cosas que vamos a vivir juntos.
La casa empieza tomar forma, aun hay libros amontonados por todos lados pero eso solo me hace sonreír. No puedo concebir una mejor manera de empezar mi vida con Hannah que rodeados de libros leídos y por leer. No puedo imaginar un mejor lugar para llamar hogar que una casa llena de libros.

