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Mariqui, Hannah, y Ariel |
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Hasta la vuelta, Señor |
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Mariqui, Pepe, Hannah y Ariel |

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Helado de paila |
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Helado de paila |
Viajaba yo en uno de esos buses semi-destartalados donde el olor a gasolina y el constante traqueteo de su carrocería son parte no negociable del viaje. Por supuesto había uno que otro chico que insistía en demostrarnos sus excelentes gustos musicales y una que otra conversación.
Lo confieso: me gusta escuchar las conversaciones en los buses. Los comentarios políticos a veces desatinados a veces acertados, los problemas que tiene el tipo que va sentado cinco puestos adelante y suda copiosamente mientras le cuenta a su compañero de asiento como es que el carro tiene cinco meses en el taller y aun no saben lo que anda mal. Las bravuconadas de algún chico intentando impresionar a la chica de turno o simplemente las preguntas que le hace un niño, harto de curiosidad, al papá sobre el funcionamiento de los barcos, del puente, del bus, del mundo.
Hace unos días moviéndome de un punto a otro, escuche de casualidad la conversación que un hombre tenía con su vecina quizá, no sé exactamente quién era. Le comentaba sobre su reciente experiencia en los Estados Unidos de Norteamérica, le decía que había estado viajando por diferentes estados algunos más fríos que otros, algunos más calientes que el mismísimo Panamá a pleno medio día, grandes, pequeños, turísticos y no, había tardado más o menos tres años en aquella aventura y hace algunos meses por fin había regresado a Panamá.
-Tú no vas a creer lo que más yo extrañaba allá- dijo el sujeto con esa manía que tenemos los panameños de derrochar pronombres donde sí van y donde no.
-¿Qué?- preguntó la mujer después de una breve pausa en la que pensé que si ella no se lo preguntaba se lo iba a preguntar yo.
-No me vas a creer- insistió el tipo haciendo aun más grande el misterio. –Extrañaba los buses- dijo finalmente –extrañaba la cercanía de la gente, extrañaba que la gente me mirara, ¡allá la gente ni te mira! Todos van en su mundo- y empezó a contarle sobre cómo le tocaba viajar por horas en las rapidísimas “High way” sin un alma con quien conversar. Como al subirse a un autobús o al metro nadie se volteaba a verlo y nadie le importaba.
-Aquí la gente te mira- decía- te habla, hasta los vendedores; no me vas a creer pero apenas llegué al aeropuerto le di mis maletas a la familia y me subí en un bus, es que uno no sabe lo que es estar sólo hasta que estas sólo entre un montón de gente-
Siguieron conversando sobre muchísimas cosas que él había aprendido en su viaje. Yo me bajé unas cuantas paradas después y al bajar di un gracias sincero al chofer que me respondió con un “cómo no” sincero también. Me bajé feliz de tener por algunos minutos la cosmovisión de otra persona que veía los buses como una oportunidad de contacto humano, esos mismos buses de los que tanto nos quejamos.
Después de eso veo los buses de una manera diferente. Siguen siendo incómodos, siguen provocándome dolor de cabeza y nauseas cuando llueve y hay que cerrar ventanas, pero también son como una gran sala donde nos sentamos panameños y extranjeros, grandes y chicos, a contar nuestras experiencias, a pasar nuestra vida de un punto a otro y a veces a escuchar conversaciones que nos recuerdan que las cosas no son tan malas como parecen y que aun en la más oscura de las situaciones si miras bien encontraras razones para sonreír.
Hay diversas razones para evitar un tema. Una de esas razones podría ser escaso conocimiento en cuanto al tópico, otra podría ser falta de valor para asumir las consecuencias de tener una postura, pereza de escribir al respecto o simplemente creer que es un tema gastado del cual no vale la pena decir nada más pues las posturas están tomadas y los candados asegurados.
Una brutal combinación de todas me ha llevado a aplazar y aplazar este escrito. Pero sí, aunque me avergüenza decirlo yo también leí la saga de Crepúsculo (Twilight), casi completa. Y desde entonces vengo mordiéndome la lengua (y/o los dedos) por comentar lo que pienso sobre ella. No es que me avergüence el haber perdido horas de lectura –no creo que haya horas invertidas en la lectura que sean perdida- pues cuando uno tiene sueño opiáceos de llegar a escribir, todo lo que lee le sirve para aprender lo que se debe y lo que no se debe hacer en el oficio. Sin embargo tampoco es un orgullo anexar esta rara colección a los libros que he leído.
Además que tengo esa manía de llevar la contraria de señalar que no todo es tan blanco y negro como parece, de intentar sacarle algo bueno al asunto. Lamentablemente Twilight no tiene un colmillo que lo salve. Pese a mis intentos de salir como paladín acusando a aquellos que señalan sin leer o conocer, lamentó profundamente haberme visto envuelto en ese tórrido romance entre un mutante chupa sangre y una adolescente absolutamente falta de convicciones que divide su corazón entre un hombre lobo y un vampiro.
Y vamos aclarando algunas cosas: no digo esto por envidia. No envidio a la autora que se ha asegurado la vida, al menos en el sentido monetario, vendiéndole ilusiones a las chicas que ahora sueñan con encontrarse con su vampiro –colmillos incluidos- y tampoco envidió a Edward Cullen (personaje principal de la serie) un hombre con esas características sólo existe en las caricaturas, las películas, o las novelas rosas de monstruos. Yo pese a mis defectos soy un ser real.
Mi escrito nace más bien de la indignación. Del ver a las chicas deformar sus expectativas y sus deseos por una novela que no vale el papel en la cual está impresa, de ver a chicos queriendo parecer vampiros para resultarle atractivo a las chicas, de imaginar como el pobre Dracula ha de revolcarse en su tumba ante la idea de que lo han hecho un chico Emo con tendencias suicidas y de que ahora las mujeres en vez de gritar al verlo salen corriendo a tirarse en sus brazos; a eso se le llama devaluación.
En fin yo leí los libros, conocí a los personajes y sinceramente aun no entiendo como pueden hacer un montón de películas con tan poco material, con tan poca historia. Otros libros mucho mejor llevados como “Una serie de eventos desafortunados” son resumidos todos en una triste película, hay que ver cómo es que andamos de cabeza.
En fin si algo rescatable hay del boom de estos vampiros es que chicas que en su vida han pisado una librería se acercan para hojear el libro y quien sabe hasta comprarlo, ojala que de esa lectura básica y triste pasen a mejores cosas, quién sabe, Víctor Hugo, Dostovesky o inclusive Harry Potter que al lado de esta serie de novelas bien podría ser candidato al nobel de literatura.
En fin, así lo veo yo, quien sabe podría estar equivocado.
Un libro no te llena el vientre si tienes hambre, pero sí te dice cómo podrás llenarlo; un libro no te hace inmune a las armas de la violencia, pero hace que tu corazón no sea violento; un libro no te hace rico, pero te hace sentir como si lo fueras, además de darte la libertad que te niegan las riquezas materiales; un libro no te hace famoso, pero te permite reírte de la fatuidad que nimba a algunos famosos; un libro no elimina a las drogas, pero sí elimina la necesidad de ellas; un libro no hace la paz, pero te enseña a vivir en paz; un libro no es dios, pero te deja hablar con Dios.
--Ariel Barría Alvarado
International Justice Mission
Vision Mundial
Movimiento Mundial en Favor de la Infancia
UNICEF
iAbolish: American Anti-Slavery Group