El extraño que vive en mi casa llegó hace catorce meses. Le llamo extraño pues aunque nos unen lazos inquebrantables, e indudables, y pese a todo el amor que me provoca, debo reconocer que apenas le voy conociendo, y él apenas me deja entrever en sus balbuceos inteligibles cuál es su temperamento, que colores prefiere y en veces parece que quisiera ser más zurdo que derecho, pero solo supongo, el extraño que vive conmigo no da demasiadas pistas.
¿Le gustará Neruda? ¿O pensará que son imágenes inconexas para mentes aletargadas? ¿Algún día leerá a Tolkien? O dirá petulantemente ¿para qué leerlo? Allí están las películas. ¿Se enamorará un día y vendrá a contármelo con confianza? ¿Querrá ser escritor? ¿Le gustarán mis cuentos?
¿Permitirá que lo abrace con fuerza y le diga cuanto lo amo aun en presencia de sus amigos? ¿Aprenderá algún instrumento musical? ¿Aprenderá a bailar? ¿Cantará las canciones de Silvio?
El extraño que robó mi corazón hace catorce meses sigue revelándose de a poco, día a día, mientras corremos detrás de él por la casa, mientras le cambiamos sus pañales, mientras nos reímos con él o de él.
El extraño que vive conmigo acaba de despertarse y en vez de llorar está hablando solo, o lo que él cree es hablar…
Nunca había amado tanto a un extraño.